Beethoven: Sinfonía nº 8

OSCyL,  Gordan Nikolic
16 y 17 de Abril de 2015

Beethoven en 1815

[El humor de la octava sinfonía] parece provenir de los repentinos giros que en el curso de un flujo uniforme y lírico irrumpen en pasajes formales, casi arcaicos. Es una súbita irregularidad, asomando donde todo [era] regular, un ritmo alterado, un explosivo fortissimo, una nota extraña o una tonalidad sin relación (…) como un juego divino en esa región pura del pensamiento tonal [donde] manan la melodía y la invención (…) y la fantasía está furiosamente viva “.

John N. Burk. Vida y obras de Beethoven.

[La octava sinfonia] es la carcajada de un hombre que ha vivido y ha sufrido y, escalando las alturas, ha alcanzado la cima… Sólo aquí y allí se entromete momentáneamente una nota de rebelión; y aquí y allí, en breves reposos líricos tenemos… otro de los indicios de la Divinidad que descubre el oído.”

Pitts Sanborn. Beethoven y sus nueve sinfonías.

La octava es la más breve de las sinfonías de Beethoven. El la llamaba su “pequeña sinfonía en Fa” por distinguirla de la otra en esa tonalidad, la Sexta, y es una de sus composiciones más alegres, hasta el punto de carecer de movimiento lento. Pero si es pequeña y parece jovialmente sencilla, y si pasa casi desapercibida entre las dos gigantes que la rodean, no deja de ser otra obra maestra del genio, que, en otro de sus períodos más duros, decidió poner buena cara al mal tiempo y que apreciaba mucho esta sinfonía.

Primer movimiento – Allegro vivace con brio

En forma de sonata, su festivo primer tema es presentado sin introducción. El segundo, (0:53) de gran lirismo, parece serio y grave, pero al repetirse (2:58, 6:57) se convierte en una amable danza. Al final, cuando parece que el movimiento se acaba, hay un simpático amago del tema principal (9.48)

 

Segundo movimiento – Allegretto scherzando

Se cuenta que el inventor del metrónomo, un curioso personaje amigo de Beethoven llamado Johan Mäzel, que alternaba la ciencia con la superchería, le describió el instrumento durante una fiesta de despedida. A Beethoven le hizo gracia el invento e inmediatamente se puso a cantar una canción basada en el tac-tac del aparato de que hablaba su amigo: Si improvisó la melodía o la tenía ya pensada para la Octava que estaba componiendo, y si la historia es o no verdadera, no se sabe con certeza, pero lo que sí es cierto, es que el metrónomo se oye en el acompañamiento de su gracioso (y precioso) segundo movimiento.

 

Tercer movimiento – Tempo di Menuetto

Basado en una danza austríaca de aire popular (un Ländler), hay algo burlón en el contraste entre el tono bucólico general y la gravedad del acompañamiento, patente en los mismos compases que preceden a la melodía, o en el violoncelo que se escucha tras el clarinete y las trompas en el trío central (2:36)

 

Cuarto movimiento – Allegro vivace

La broma final es una coda (4:05) que dura casi tanto como la suma de exposición, desarrollo y recapitulación que la originan, un rondó que no parecía dar para tanto. Pero ya lo decía Cajal, lo que se agotan son los hombres, no los temas.

Wiener Philharmoniker, Leonard Bernstein.

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