Triunfo de Lorenzo Palomo y Ximo Clemente en un buen concierto de clásicos españoles

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 Aunque Guillermo García-Calvo empezó con mucho ímpetu, a su Suite del Amor Brujo de Falla le faltó quizás un poquito más de vigor, además de quedar empañada por algunos desajustes. Lo que no impidió disfrutar de las magníficas intervenciones de los solistas y de esta estupenda suite, que, como tal, se programa y conoce menos de lo que merece y podría parecer. Y de ahí la timidez con que arrancaron los aplausos del público, prudentemente indeciso al no saber si se había llegado ya al final.

Nos esperaba luego una muy agradable sorpresa con el estreno de Lorenzo Palomo, una brillante y divertidísima Humoresca que nos narra las vicisitudes de un contrabajo bullicioso y peleón, de naturaleza alegre y quizás achispado ese día, que parece empezar en una jam sessión de jazz pero pronto nos hace recordar al soldado de Stravinsky y a los personajes de cabaret de Kurt Weill, acompañado y discutiendo a ratos con su más prudente colega fagot y continuamente con la orquesta, que no oculta el origen de su autor. Bravo por Lorenzo Palomo, y bravo por los que han sabido lucir su obra, con Ximo Clemente a la cabeza, que recibió merecidísimas ovaciones por su apasionada, brillante y virtuosa interpretación, en línea con su estupendo trabajo en el Gran Dúo de Bottesini del Concierto de homenaje al abonado. Su agradecimiento, con una nana de propina, restó protagonismo al que, a mi modo de ver, más lo merecía esa noche, Lorenzo Palomo, que se hallaba en la sala y que también recibió grandes aplausos desde el escenario. Debe citarse también al fagot solista, espléndido en los insólitos dúos con el contrabajo de esta estupenda obra que sin duda va a cimentar la fama de su autor. Y a la OSCyL y a su director, especialmente por no ahogar en ningún momento al contrabajo.

La Procesión de Turina pasó bastante desapercibida, como un aperitivo antes del gran plato del Intermedio y Danza de La vida breve de Falla: Música con mayúsculas, y una arrebatadora danza en la que sólo apena la irremisible ausencia de unos brazos y unas castañuelas de verdad.

También habrá sido para muchos una sorpresa descubrir la calidad de la obra de Halffter que cerró la sesión, el angustioso mundo que las violas y los cellos crean a partir del Tiento del primer tono de Cabezón, tan próximo al famoso Adagio de Barber, el vigor exultante de los metales y la percusión de la Batalla Imperial de Cabanilles, y la angustiosa sinuosidad con que va emergiendo la disonancia y el desorden hasta llegar a un atronador caos, muy meticulosamente escrito, que parece la otra cara de la moneda. Una estupenda conclusión para un buen concierto de música española.

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