Homenaje al abonado: Objetivo cumplido, pero no un gran concierto

OSCYL-PROGRAMA-10-14-15

Los dos falsos finales del Gran duo concertante de Bottesini propiciaron sendos anticipos a los aplausos que premiaron la espectacular interpretación que Joaquín Clemente y Daniela Moraru hicieron de su transcripción para violín y contrabajo, los más entusiastas del concierto de ayer. Con ello se cumplían algunos de los objetivos del concierto: demostrar la calidad individual de los grandes instrumentistas que pueden pasar desapercibidos en el seno de la orquesta, y descubrir también las muchas joyas ocultas en el repertorio.

Pero es que, sin excepción, todos los solistas estuvieron a un gran nivel, desde Jone de la Fuente y Paula Santos, a pesar de haber elegido una pieza menos amable, el Doble concierto para violón y viola de Britten, hasta las violinistas Irina Filimon y Cristina Alecu (aunque no lleven la jota en las venas) con la brillante y difícil Navarra de Sarasate, o los dos únicos representantes de maderas y metales, André Cebrián y Juan Manuel Urban, estupendos intérpretes del Concierto para flauta y corno inglés de Honneger, que tuvieron la dificultad de llegar con una obra relativamente larga y muy poco conocida en un momento en que la sesión parecía hacerse un poco larga. Larga, quizás porque, estos pica–pica, tan atractivos a priori, pueden resultar menos fáciles de digerir que los dos o tres platos habituales, pero seguramente también porque la sustitución con pocos días de antelación de Lopez-Cobos, convaleciente de un problema felizmente menor, por Miguel Ángel Gómez Martínez, supuso una orquesta mucho menos brillante de lo habitual. Dos de los mejores solistas de la noche, la violinista Jennifer Moreau y el violonchelo Marius Diaz, ambos extraordinarios, vieron como sus precioso trabajo en el Invierno porteño de Piazzolla y la Elegía de Fauré era acompañado por una orquesta carente de la garra y el color que requerían, y que tampoco estuvo al nivel del violín de Elizabeth Moore en el bellísimo Ascenso de la alondra de Vaughan Williams, ni encontró el tono adecuado para acompañar al violonchello de Victoria Pedrero en la Oración de Bloch. Ni supo hacer lucir toda la música y la emoción que encierran las dos oberturas de Rossini programadas, La Cenicienta y Guillermo Tell, a pesar de los aplausos que inevitablemente provocó el famoso galope final de la segunda.

Gracias, no obstante, por un homenaje que en realidad merece y se gana la OSCyL semana tras semana. Aunque, precisamente en esta, no haya rodado tan bien como de costumbre.

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