Mahler: Sinfonía nº 2, “Resurreccción”

Charlotte Hellekant, Vanesa Goikoetxea. OSCyL, Coro Nacional de España, Lionel Bringuier
5 y 6 de Febrero de 2015
Tumba de Mahler

Aunque hoy son alabadas como monumentos de clarividencia y creatividad, en tiempos de Mahler, sus sinfonías fueron en ocasiones denigradas y a menudo eran despachadas como la autocomplacencia egotista de un director. Un crítico de la época dijo de una de ellas que era “una hora o más de la tortura musical más dolorosa” – ¡y tal ataque se dirigía hacia su pastoral y encantadora Sinfonía nº 4! Todavía en 1952, un detractor aún lamentaba “una hora de masoquista flagelación aural, llena de formas elefantiásicas, fatuo misticismo y gritona histeria… sumándose para lograr un sublimemente ridículo menos que cero “

El problema no era tanto una cuestión de captar el estilo musical de Mahler, puesto que, culminando la larga serie de sinfonistas vieneses, sus ideas se hallaban firmemente arraigadas en las estructuras conservadoras de Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert y Bruckner. El reto radicaba, más bien, en sus premisas emocionales. Como Herbert Reid explicó más tarde, el temperamento de Mahler sintió las convulsiones inminentes que iban a acabar con la racionalidad y el optimismo que habían impulsado a la civilización occidental a la Primera Guerra Mundial. Sus sinfonías son búsquedas espirituales que reflejan una ambivalencia totalmente moderna de alegría y dolor, fe y duda, trascendencia y desaparición. Mahler estaba muy por delante de su tiempo. Sólo en la década de 1960 sus angustias particulares se hicieron por fin las nuestras.

La “Resurrección” fue la sinfonía favorita de Mahler, que la dirigió en muchas ocasiones propicias, y tuvo la gestación más larga de todas sus obras. La apertura se completó en 1888 como “Totenfeier” (“Ritos funerarios“), un tormentoso poema sinfónico que lleva a su tumba al héroe de la recientemente finalizada Primera Sinfonía de Mahler, en medio de una tormenta sobre el sentido de su vida. Los movimientos centrales esperaron a las vacaciones de verano de Mahler de 1893 y reflejan su fascinación por la misma poesía popular medieval que proporcionaba los textos para la mayoría de sus canciones.

Su bloqueo creativo para lograr un final adecuado se rompió finalmente de una manera sorprendente. El director Hans von Bulow era un mentor querido pero había rechazado violentamente la Totenfeier por incomprensible después de haber alentado a Mahler a componerla para él. Por eso, cuando asistió al funeral de von Bulow, los sentimientos de Mahler debieron ser bastante contradictorios. Como recordaría más tarde, en el clímax, un coro de niños cantó la Aufersteh’n (“Oda de la Resurrección”) de Friedrich Klopstock , que “me deslumbró como un rayo y todo se volvió sencillo y claro en mi mente.” Presa de la inspiración, Mahler añadió su propios apocalípticos y catárticos versos a la Oda y rápidamente concluyó la sinfonía.

El primer movimiento es sumamente dramático; según las propias notas de Mahler, tiene como objetivo transmitir nada menos que la búsqueda del sentidode la vida.

El segundo, la representación del placer olvidado hace mucho tiempo, es una suave y pasada de moda danza de cantarina gracia, aunque objetada por sombras insidiosas.

El tercero es un vals grotesco y perversamente sarcástico, atravesado por gritos angustiados.

El cuarto es una canción infantil, inocente y nostálgicamente introspectiva.

Y luego llega el gran final, que representa el absoluto terror y la gloria total de un juicio final y una resurrección pagana. Comienza con un enorme estruendo y progresa a través de episodios de susurrante expectación, temblorosa tensión, cantos fúnebres, fanfarrias esperanzadoras y dudas febriles, culminando en un triunfante y apocalíptico coral, uno de los clímax más gloriosos y poderosos de toda la música. Mahler incorpora a la imponente maravilla efectos instrumentales extraordinarios, incluyendo metales fuera de escena, una enorme batería de percusión y en última instancia la pura emoción visceral del potente sonido producido por cientos de cantantes y músicos.


Peter Gutmann.

-♦-

Sheila Armstrong, Janet Baker, London Symphony Orchestra, Edinburgh Festival Chorus, Leonard Bernstein

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