Bartók: Concierto para orquesta

OSCyL, Andrew Gourlay
16 y 17 de Enero de 2015
Bartók

Un emblema de la cada vez mayor brecha entre la música clásica y la popular, el Concierto para orquesta de Béla Bartók, aunque tenga casi 60 años (71), es la obra más reciente que se ha incorporado al repertorio estándar.

Los tiempos han cambiado. Apenas hace un siglo, las arias de la última ópera se silbaban por las calles. Hoy en día, sin embargo, pocos saben o se preocupan por la nueva música clásica y los conciertos se han convertido en archivos de obras de generaciones, si no siglos, de antigüedad. De todos los grandes compositores del siglo XX, Bartók fue quien más se alarmó por tal situación.

Bartók parecía destinado a una carrera como pianista interpretando el repertorio europeo consuetudinario. Pero cuando tenía unos veinte años, descubrió la música folklórica de su Hungría natal y su visión se transformó para siempre. Muchos compositores han utilizado melodías populares para vivificar formas musicales estándar, pero Bartók emprendió un camino más difícil: capturar y transmitir el carácter y la esencia de todo un tipo de música. Aunque primero, tenía que conocerla a fondo. Bartók se pasó años en el campo con un primitivo cilindro de fonógrafo Edison grabando y transcribiendo meticulosamente miles de canciones. Sus extensos escritos son fundamentales en la etnomusicología moderna. Para dar a conocer sus resultados, empezó publicando arreglos para concierto de música tradicional pero, pronto, ésta impregnó sus composiciones originales. Su objetivo era tanto científico -preservar, clasificar y analizar el material folclórico-, como práctico -fomentar su interpretación y valoración tanto en Hungría como en todo el mundo-. A medida que su fama se extendió, viajó para explorar y comparar otras tradiciones populares. Su experiencia le condujo a pensar que la música más importante no había surgido a partir de culturas aisladas, sino de una mezcla de diversas influencias. Finalmente, puso en práctica la teoría: Aunque firmemente arraigada en la tradición húngara, su propia música incorporó activamente contribuciones de sus otras áreas de estudio.

En la época en que escribió su Concierto para orquesta, Bartók estaba en mala forma, física, emocional y profesionalmente. Consternado por la capitulación de su amado país ante los nazis, había emigrado a Nueva York en 1940, dejando atrás las regalías y los colegas que le habían prestado su apoyo financiero y profesional. Enviaba sus manuscritos originales a Suiza para mantenerlos a salvo. Su actividad como investigador, intérprete y compositor parecía haber concluido; un breve paso por la Universidad de Columbia organizando los archivos de grabaciones populares concluyó sin esperanzas de prórroga, sus escasos recitales habían topado con la hostilidad de la crítica y la indiferencia del público y no había escrito nada nuevo durante los últimos cuatro años. De hecho, su Mikrokosmos, una ecléctica colección de 153 piezas para piano completada en 1939, parecía resumir toda su experimentación y sugería un canto del cisne. Siempre de salud frágil, fue hospitalizado. Pesaba tan sólo 40 kilos. Aunque en la miseria, era muy reservado y no aceptaba ni siquiera una pizca de caridad. Se consideraba un exiliado en una tierra extraña y ardía en deseos de volver a su hogar.

Fue en este nadir de su vida cuando dos compatriotas, el violinista Josef Szigeti y el director Fritz Reiner, se hicieron con el vehículo ideal para la recuperación de Bartók, consiguiéndole el encargo de una obra mayor para la Orquesta Sinfónica de Boston. Cuando su director, Serge Koussevitzky, llegó al hospital con un anticipo económico considerable, el efecto fue asombroso. Bartók se recuperó de inmediato, se fue a un retiro de la ASCAP [American Society of Composers, Authors and Publishers] en el estado de Nueva York y en siete semanas concluyó la obra. La orquestó aquel mismo invierno en Asheville, Carolina del Norte.

El estreno mundial del Concierto para orquesta por la Sinfónica de Boston el 1 de diciembre de 1944 fue un inmediato éxito de crítica y audiencia, llamando la atención hacia ese ignorado compositor y sus otras obras. Llegaron más encargos. Se iniciaron nuevos proyectos. Pero la salud le falló otra vez y Bartók falleció el mes de Septiembre del siguiente año, dejando el Concierto para orquesta como su testamento.

En La vida y música de Bela Bartók (Oxford, 1953), el biógrafo Halsey Stevens proporciona un convincente análisis del gran atractivo de esta obra, que combina los diversos elementos que, desde la fugas de Bach hasta la atonalidad de Schoenberg, habían impresionado a Bartók durante sus años creativos, mientras todas las melodías, armonías y ritmos tienen el color de la genuina facilidad de la música campesina y están unificadas por el poder de la personalidad de Bartók. En efecto, aunque la cantidad de elementos del Concierto es exhaustiva, no se trata de un árido compendio intelectual de influencias sino de una maravillosa, vibrante y resonante celebración de la vida, que empieza con una coalescencia primordial de la conciencia y culmina en un explosivo estallido de desafiante vitalidad.

Un concierto tradicional yuxtapone un instrumento solista destacado con una orquesta. El aparentemente contradictorio título de la obra queda explicado por su textura sinfónica básica y por el trato de solista que Bartók da a los instrumentos individuales de la orquesta. En ningún lugar es esto más evidente que en el segundo de los cinco movimientos, “Juego de Parejas”, con un sonido derivado de la música popular yugoslava, dos fagots, dos oboes, dos clarinetes, dos flautas y dos trompetas, tocando por turno una pícara y desenfadada melodía en sextas, tercias, séptimas, quintas y segundas paralelas, repitiendo luego el proceso aumentado con más instrumentos.

El Concierto es también profundamente personal: Mientras escribía el cuarto movimiento, Bartók escuchó una transmisión radiofónica de la Séptima sinfonía de Shostakovich que, a pesar de su insulsa grandilocuencia, se había hecho muy popular (sin duda debido a su oportuno tema, el sitio de Leningrado). Resentido al ver como tal basura podía convertirse en una sensación mientras su muy superior música languidecía, Bartók creó un “intermezzo interrotto”, intermezzo interrumpido por una versión vulgarizada de uno de los trillados temas militaristas de Shostakovich (8:45), pronto rápidamente desplazado por una melodía húngara de simple y honesta pureza. (*) La idea más aceptada hoy es que ambos estaban parodiando una melodía muy popular entonces, Da geh’ ich zu Maxim, de la opereta La viuda alegre de Lehar. Más detalles, aquí.

 National Youth Orchestra Of Canada

 Peter Gutmann

-♦-

Esta es una estupenda interpretación de George Solti al frente de la Sinfónica de Chicago, precedida por una breve introducción del gran director.

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