Bruckner: Sinfonía nº 8

OSCyL, Leopold Hager
13 y 14 de Noviembre de 2014

Anton Bruckner

De la página web de L’Auditori de Barcelona:

Enorme y monumental. Estos son los adjetivos que se asocian habitualmente a la Octava sinfonía en Do menor de Anton Bruckner. Compuesta en uno de los pocos momentos de euforia del músico, feliz después del éxito de la Séptima, es una de las sinfonías más apasionantes del repertorio. Cuando Bruckner la presentó al director judío Hermann Levi, un gran defensor de su obra, éste la encontró demasiado difícil de tocar. Como es habitual, el compositor la revisó ad nauseam hasta encontrar el intríngulis que satisficiese sus dudas. Dedicada al emperador Francisco José I de Austria, la versión revisada fue estrenada por el gran maestro Hans Richter en 1892, e inmediatamente se convirtió en un éxito inmortal. El compositor Hugo Wolf acostumbraba a describirla como la creación de un gigante, superior a cualquier otra creación bruckneriana por lo que hace a dimensión espiritual y magnitud. Bruckner mezcla momentos de alto clímax (como los instantes previos al final del primer movimiento o el explosivo final de la pieza) con oasis de meditación religiosa que, según Furtwängler, “pretenden dialogar o, incluso, atraer lo divino a nuestro humano mundo”

De un blog, Sergiu Celibidache a propósito de Bruckner y de su octava:

– ¿La tradición de Bruckner? Yo lo llamaría “crimen cultural”. ¿Los directores de Bruckner? Ellos son los autores del crimen. Hay supuestos directores de Bruckner que en su vida han dirigido una sinfonía de Bruckner. Estos embaucadores no han entendido nada de Bruckner. Me pregunto si Bruckner ha sido interpretado ni siquiera una vez.
– Bruckner es todavía muy difícil para usted. Debe ensanchar su conciencia: si usted desea hacer una tortilla con huevos de dinosaurio, en vez de con los típicos huevos de gallina, lo tendrá difícil si utiliza una sartén pequeña… ¡Se necesita algo mucho más amplio!
– Lo que uno aprecia en Bruckner no es su música, sino lo que sus sonidos dejan en ti, algo que no se puede entender ni definir.
– Fue el mayor sinfonista de todos los tiempos. Nadie ha penetrado tan profundamente en el cosmos como Bruckner, con su capacidad de relacionar sonidos.
– La octava de Bruckner es la corona de la literatura sinfónica.
– La octava de Bruckner es la mejor lección para el hombre que aún está encadenado a su ego.

-♦-

Y Brahms se sumó a la ovación general el día de su estreno mientras Hanslick, el crítico que amargó la existencia de Bruckner, abandonaba la sala entre silbidos. Debe ser cierto lo que dice Celibidache: Habrá que eliminar alguna otra de las barreras que el ego o el conservadurismo de los sentidos levanta para poder entender esta enorme sinfonía, repleta de hermosos cuando no sublimes pasajes pero con una estructuración y unas rupturas, para muchos, desconcertantes. El maravilloso final del primer movimiento, el precioso trío del segundo, todo el bellísimo adagio, la abrumadora coda con que acaba la sinfonía… no hay ninguna parte despreciable, pero salvo en el segundo movimiento (que sin embargo y nada casualmente es quizás el menos interesante), en los demás es facil perder el hilo de tanta grandeza, que a veces parece desmesurada, desproporcionada en el conjunto. Incluso en el adagio, curiosamente más humano o menos místico que el de la novena de Mahler, los contrastes pueden desconcertar. Aunque no precisamente sus primeros minutos:

Nada ayuda a disfrutar más de la buena música que escucharla una y otra vez. Esta versión de Karajan con la Wiener Philarmoniker en la Abadía de San Florian en que trabajó y yace Anton Bruckner es excelente.

De nuevo Celibidache:

– Para cualquier persona, el tiempo es lo que viene después del principio. Para Bruckner, es lo que viene después del fin. Sus apoteósicos finales, su esperanza en otro mundo, su esperanza en la salvación, en volver a sumergirse en la luz… eso no se encuentra en ningún otro sitio.
– Al final de una sinfonía de Bruckner experimentamos un sentimiento de perfección: el sentimiento de haber pasado por todo.

Quizá sea la perfección del perfeccionista Bruckner la que encandila a los profesionales y a unos pocos aficionados dotados de una especial sensibilidad, mientras que esa misma elaborada perfección es lo que a otros les suena a poco auténtico, a inconexo, a grandiosamente hueco.

-♦-

2 Comentarios

  1. La pequeña fracción que queda en mi sartén de esta “tortilla de huevos de dinosaurio”, es suficiente para entusiasmarme. Me alegro de que, según Celibidache, sea algo tan normal sentirse pequeño y humilde ante Bruckner, y de que lo natural es que no podamos abarcar más que una parte minúscula. Todo Wagneriano lleva un Bruckneriano dentro (y también un Beethoveniano, un Bachiano y un Berlioziano -ya sé que me dejo una B-) 😉

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