Measha Brueggergosman y la OSCYL en la Sala de teatro experimental

Measha OSCYL

La dirección del Delibes habrá preferido tener abarrotada la sala de teatro experimental en vez de ver la sinfónica medio vacía, y el concierto se ha trasladado a esa sala. Con lo que, dada su  áspera acústica, lo ganado en ambiente se ha perdido en sonido.

Measha Brueggergosman canta estupendamente, es expresiva y simpática a rabiar, pero su cálida y preciosa voz ayer resultaba muy pequeña. Con las canciones de Schoenberg se echó de menos un programa con el texto, luz para poderlo leer, y un piano en vez del arreglo orquestal, bonito pero inadecuado. Las de Bolcom, más de musical y en inglés, sonaban y se entendían mejor. Cantó las tres más buenas, Black Max, Georgia y Amor. Con las cinco de Montsalvatge, añadidas felizmente al programa,  disfrutamos de la Canción de cuna para dormir a un negrito, que Measha cantó con gran sentimiento, quizás recordando a sus abuelos esclavos.

Tampoco estaba inicialmente previsto escuchar Un americano en Paris  ni el Divertimento para orquesta de Bernstein. Me perdí Gershwin por llegar tarde. Desde el vestíbulo, sonaba bien. El divertimento, mucho de West Side Story y de música incidental inconexa, acusó además muchísimo la mala acústica.  Pero los aplausos, más insistentes que entusiastas y su habil gestión por parte del director Sergi Alapont, llevaron al bis de uno de sus movimientos.

Para la crónica frívola,  los andares de la descalza Measha, y el  inquietante y anacrónico peinado del director.  Para la social, la extraordinaria amabilidad del personal auxiliar del Auditorio, que tuve ocasión de disfrutar.

2 Comentarios

  1. Hola, a mí me gustaría hacer hincapié en la estupenda sensación para el oyente de encontrarse prácticamente en el interior de la orquesta, a unos metros de Measha y de los profesores. Esta sala pequeña y seca debe hacer muy incómodo para el instrumentista el hacerle notar tan difícil el empaste con el compañero. No obstante, la presencia del público tan cerca, con nuestras caras visibles y reconocibles, permite una relación diferente entre el emisor y receptor. Una sala sinfónica, aunque posea mejor acústica, no permite esta “humanización del arte”. Me gusta ver que los músicos tienen cara. Pensé que la artillería de Un americano en París iba a ser demasiado para el lugar, pero no fue así: el techo es suficientemente alto y la distancia de la percusión, al fondo, también permite que se escuche la orquesta con equilibrio. Tal vez, la sensación en las filas de delante, al contrario de lo que pueda parecer, es mejor. Para mí fue un concierto para alegrarse la vida un poco.

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    • En esa sala, estar en las primerísimas filas es estar dentro de la orquesta (y en tu caso, por esa vez sin tocar), y entiendo que la sensación borrase otros detalles. Desde unas pocas filas más atrás no sentí una proximidad especial. Tampoco estoy muy convencido de que el problema fuese solo la acústica. No me gustó la orquesta en el divertimento de Bernstein, (obra que tampoco me pareció interesante), especialmente por el desequilibrio del sonido. Desde mi localidad, las cuerdas quedaban ahogadas cada vez que aparecía el metal. Me gustó mucho más acompañando a Measha, especialmente en las canciones de Bolcom. Y me gustó mucho tener la ocasión de saludarte.

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