Katarina Karnéus, Erik Nielsen y la OSCyL, un magnífico y emocionante concierto.

OSCYL 2-14

Con buen criterio, el orden del programa ha variado, empezando por las Variaciones para orquesta de Schoenberg. Es particularmente difícil para un aficionado valorar una orquesta cuando lo que interpreta es atonal y amelódico. Pero algo habrá hecho bien la OSCyL cuando la temida dodecafonía ha resultado tan atractiva y sugerente. Música democrática, no solo por el reparto de las notas, también por el equilibrio equitativo de los instrumentos, la orquesta como un pueblo siguiendo su camino iluminado por la luz de Bach. Y, desde luego, entender lleva a disfrutar. Con todo, para quien desconocieses como yo la OSCyL, los austeros y ásperos violines de Schoenberg no despejaban la incógnita principal. ¿Cómo sonaran las cuerdas, cómo será el alma de esta orquesta?

En cuanto ha empezado el gran Berlioz, al neófito le ha aparecido una sonrisa de lado a lado en la suya, una sonrisa de felicidad que no ha dejado de crecer en toda la sesión. A la mezzo Katarina Karnéus, que ha cantado con gusto y expresividad exhibiendo unos agudos espectaculares, le ha faltado potencia en los bajos para sobreponerse a una orquesta inmisericorde. Pero la pieza, con el impactante parón de los latidos de los contrabajos y el galope final en los violines, ha resultado deslumbrante. Sin embargo, me temo que el silencio que la ha seguido se debe más al desconocimiento y la prudencia que a la buena costumbre de dejar respirar los finales. O eso puede deducirse de que a Elgar le hayan pisado luego.

Todo se puede mejorar. También se puede y debe acabar con el problema de los móviles, y tampoco parece muy difícil que textos tan imprescindibles como los de La muerte de Cleopatra y La voz de la paloma del bosque aparezcan en el programa de mano. Pero peccata minuta. El Gurre-Lieder ha hecho (aún más) evidente que no sólo era la cuerda. Metales, madera, percusión, a este pobre aficionado le parece que la OSCyL es una gran orquesta y se regocija de su suerte. Por seguir pecando señalando con el dedo, hoy le toca al clarinete José Franch-Ballester.

Pero quedaba lo mejor. El joven y activo director, un americano de Iowa llamado Erik Nielsen, nos ha regalado unas variaciones “Enigma” de ensueño, logrando, con un reparto de volúmenes excepcional y una orquesta extremadamente sensible, un Nimrod de los que, digamos que “humedece” los ojos y le hace sentir a uno feliz y privilegiado, con una felicidad casi obscena en un mundo en el que pasa lo que está pasando mientras algunos podemos extasiarnos ante la música, ante su mágico poder, ante las emociones que sólo ella es capaz de producir. Y estar abonados, en un auditorio con una acústica que permite distinguir y escuchar a la vez todo el todo y todas sus partes, y un escenario a medida de esta orquesta, con unas dimensiones que hacen que uno se sienta en esta gigantesca sala como en casa. Menuda suerte la mía. Y la de los que puedan y quieran.

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