Berlioz: La muerte de Cleopatra

Katarina Karnéus, OSCyL, Erik Nielsen
17 y 18 de Octubre de 2014
Muerte de Cleopatra (Jean Baptiste Regnault,1796-1797)

Muerte de Cleopatra (Jean Baptiste Regnault,1796-1797)

A la tercera tampoco fue la vencida. La muerte de Cleopatra, la tercera de las cantatas que Berlioz compuso tratando de ganar el prestigioso Premio de Roma, resultó demasiado dramática y moderna para el jurado, y el joven músico hubo de esperar a que una más convencional Sardanapale lo lograse a la cuarta, cuando ya estaba enfrascado en su Sinfonía fantástica. Pero es que, tal como nos cuenta él mismo en sus memorias, el candidato se equivocó. Había ganado el segundo premio en la anterior convocatoria, no había rivales de mayor entidad y estaba cantado que el vencedor de esta edición iba a ser él, de modo que, libre de temores, dio lo mejor de si mismo en vez de limitarse a seguir la moda y componer algo convencional y sobre todo relajante, como convenía para acompañar algo tan banal como el suicidio de Cleopatra que, en el texto de Pierre-Ange Vieillard propuesto por la Academia para el concurso, se confiesa no solo derrotada y humillada, sino también culpable. Y, naturalmente, una obra rebosante de dramatismo y de las habilidades orquestales propias de Berlioz, no debió gustar al jurado. Escúchense los latidos del corazón de Cleopatra en las dos notas del ostinato de las cuerdas en los minutos finales de la obra: “¡Dioses del Nilo, me habéis traicionado! Octavio me espera en su carro. ¡Cleopatra, dejando la vida, vuelve a ser digna de Cesar!”

La soprano de esta interpretación es Veronique Gens y la orquesta la de la Opera de Lyon, dirigida por Louis Langree, y es cierto que en aquel concurso, los que se tomaron la molestia no oyeron exactamente este impresionante final, pues lo que se interpretaba durante la competición eran reducciones para piano, y el jurado tenía que esperar a que alguien ganase para escuchar en condiciones lo que había ganado cuando ya había ganado. Desde luego, para un músico avezado y libre de intereses y prejuicios, la partitura debiera haber sido suficiente, pero en las divertidas y sarcásticas páginas de las Memoires de Berlioz, se lee también que el tribunal estaba mayoritariamente compuesto por pintores, escultores, arquitectos y grabadores. Y que los trapicheos con los votos eran la norma y no la excepción. Pero en este caso, cuando todo parecía a su favor, Berlioz había llegado a una conclusión que resultó desastrosa: “…ya no tengo necesidad de cohibirme como hice el año pasado escribiendo música a su gusto. ¿Por qué no dejarme ir y escribir según el mío, desde el corazón? Voy a tomarme el trabajo en serio y a componer una cantata realmente buena”.

Y como compuso con el corazón, empezó cometiendo lo que para “académicos volterianos” como sus jueces, “era ya un crimen imperdonable“: Anotar en la partitura una cita en inglés de su adorado Shakespeare, una frase de Julieta en una situación con un cierto paralelismo a la de Cleopatra en el poema de Vieillard: « How if when I am laid into the tomb!…» (“Y si cuando estoy en la tumba…”) Pero eso fue de lo de menos. Así recordaba Berlioz su encuentro con Boïeldieu, miembro del tribunal, al día siguiente del fallo:

Por Dios, hijo mío, ¿qué ha hecho usted?, me dijo. Tenía el premio en sus manos y lo ha tirado por los suelos.
– Pues he dado lo mejor de mi mismo, se lo aseguro.
– Es exactamente eso lo que le reprochamos. No era preciso dar lo mejor; lo mejor es enemigo de lo bueno. ¿Cómo podría yo aprobar tales cosas, yo que amo por encima de todo la música relajante?…
– Es bastante difícil, señor, hacer música relajante, cuando una reina de Egipto, devorada por los remordimientos y envenenada por la mordedura de una serpiente, muere en medio de angustias morales y físicas.
– ¡Oh! Usted sabrá defenderse, no lo dudo; pero todo esto no prueba nada; siempre se puede ser gracioso.
– Si, los gladiadores romanos sabían morir con gracia; pero Cleopatra no era tan sabia. Además, no murió en público.
– Exagera usted; no le pedimos que le haga bailar una contradanza. Y ¡que necesidad de emplear armonías tan extraordinarias en su invocación a los faraones!.. Yo no soy un armonista, y le confieso que no he entendido absolutamente nada de sus acordes del otro mundo.
Aquí baje la cabeza, no atreviéndome a darle la respuesta que el simple sentido común dictaba: ¿Es mi culpa, que usted no sea armonista?… Y después, continuó,
– Por qué, en su acompañamiento, ese ritmo que jamás se ha escuchado en ninguna parte?   
– No creía, señor, que hubiese que evitar, en la composición, el empleo de formas nuevas, cuando se tiene la suerte de encontrarlas y de poder usarlas en un lugar adecuado.
– Pero, querido mío, Mme Dabadie, que cantó su cantata es una excelente artista, y sin embargo, se la veía necesitada de recurrir a todo su talento y a toda su atención para no equivocarse.
– A fe mía que ignoraba también, lo confieso, que la música estuviese destinada a ser ejecutada sin talento y sin atención.  
– Bien, bien, usted siempre tiene una respuesta, ya lo sé. Adiós, aproveche esta lección para el próximo año. Mientras tanto, venga a verme; le combatiré de nuevo, pero como un caballero francés.
Y se alejó, muy orgulloso de acabar con una estocada, como dicen los vodevilistas.

Esta es La muerte de Cleopatra de Berlioz interpretada por Christianne Stotijn con la Symfonieorkest Vlaanderen dirigida por Seikyo Kim

La muerte de Cleopatra

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katarina-karneusLa carrera internacional de la mezzo-soprano sueca Katarina Karnéus (26/11/1965) se lanzó tras ganar el BBC Cardiff Singer of the World de 1995, fecha desde la que ha aparecido en las más importantes óperas y salas de concierto del mundo y participado en una docena de grabaciones. Es miembro de la Opera de Gothenburg y embajadora internacional de la compañía. Aquí la podemos ver cantando Ich atmet’ einen linden Duf, de los Ruckert Lieder de Mahler

 

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Notas al programa de Enrique Garcia Revilla, aquí.

 

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